Esta semana tuve la oportunidad de compartir un agradable rato con alumnos de último año de bachillerato. Su colegio me cursó la amable invitación para impartir una sesión práctica, muy introductoria, sobre los mercados financieros. Y ya saben que soy un ferviente defensor de la necesidad de incorporar la ‘educación financiera’ en nuestro sistema educativo desde las primeras etapas formativas.

Porque precisamente, esa falta de educación financiera, de información sobre la realidad del sistema y los mercados financieros, esa ausencia de formación financiera básica, está en el origen de los problemas de muchas empresas y familias.

Es curioso observar el criterio que tenían los alumnos –y muchas otras personas con quienes tengo la oportunidad de tratar- sobre el déficit público y sobre la deuda pública. A muchos les suena como algo alejado de su realidad cotidiana, como si no fuera con ellos. “Eso son cosas de la macroeconomía”, dicen. Y créanme que les afecta tan decisivamente como que la deuda de hoy son los impuestos de mañana.

No alcanzo a entender cómo quitan importancia a que el país gaste sistemáticamente por encima de lo que ingresa. Si midiéramos la deuda pública en circulación, no sobre el PIB y sí sobre la recaudación tributaria –las ‘ventas’ del Estado- seguro que se echarían las manos a la cabeza. Quienes gestionamos un negocio sabemos que no podemos gastar más de lo que tenemos. Y si eso sucediera, ese exceso de gasto hay que financiarlo y devolverlo. Cualquier familia sabe que no puede gastar por encima de los recursos que entran al hogar.

Y no estoy hablando de cuestiones de calendario: de una póliza de crédito, línea de descuento o similar para los primeros; o financiar unas vacaciones para los segundos. Hablo gastar más de lo que se tiene sistemáticamente, de manera recurrente. Eso hace nuestro país, y eso tendremos que pagar entre todos, tarde o temprano.

También me llama la atención nuestra escasa capacidad para aprender de los errores del pasado. La presión comercial de la industria financiera ya ha puesto en el mercado hipotecas con diferenciales de apenas el 1%, como en los ‘buenos tiempos’ de la burbuja inmobiliaria. Pues bien: de nuevo veo razonamientos que consideran equivalente financiarse a veinte o a cuarenta años, “con tal de pagar la casa”. No se paran a analizar el coste de intereses, o si finalmente acaban pagando tres veces la casa debido a ese sobre coste de intereses.

Por no hablar de las tristemente conocidas hipotecas ‘multidivisa’. Con los tipos de interés a los niveles actuales, y con alguna moneda especialmente depreciada respecto al euro (el yen japonés), resurge de nuevo el interés por este tipo de operaciones. Con las mismas lagunas sobre su funcionamiento o valoración. Básicamente, pensando que la divisa en la que me endeudo estará siempre depreciada contra el euro, olvidando que no sólo se asume el riesgo del tipo de interés, sino también el riesgo del tipo de cambio.

En fin, que luego pasa lo que pasa.

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