Laura Torres DaudénAutora: Laura Torres Daudén

Miembro del Foro CATPE del Transito de Canarias hacia la Sociedad del Conocimiento.

 

Publicado en La Provincia el 18 de junio de 2016

Pese a encontrarnos a la cola en muchos aspectos importantes, Canarias ha tomado la iniciativa en esta ocasión, siendo la primera comunidad autónoma en implantar una asignatura para desarrollar el aspecto emocional y creativo de los alumnos de la educación primaria. Estamos hablando de la asignatura de Educación Emocional y para la Creatividad (Emocrea).

Este ha sido sin duda un gran paso del que deberían poco a poco tomar ejemplo el resto de las comunidades, pues la importancia de la inteligencia emocional y de la creatividad todavía sigue estando infravalorada y resulta primordial que los niños desarrollen correctamente estas capacidades en las primeras etapas educativas, cuando llegan repletos de energía emocional y con una gran necesidad de comunicar lo que sienten.

La tradición ha acostumbrado a relegar la inteligencia a lo racional, a lo académico, lo lógico y lo matemático; viendo la inteligencia solo como la capacidad de una adquisición eficaz de nueva información y la de dar la mejor aplicación lógica a estos conocimientos.

Hemos tendido a hacer una separación entre razón y emoción, que en realidad no existe y que tan solo nos perjudica en nuestro trayecto vital. Hoy en día las tornas están cambiando y cada vez entendemos mejor que el lado racional de la mente no puede ni debe separarse del que se encarga de las emociones. Así es como surgió el concepto de inteligencia emocional, como crítica a esta idea tradicional de lo que es la inteligencia.

¿Pero qué es la inteligencia emocional?

La inteligencia emocional es la capacidad de conectar con nuestras emociones y sentimientos, de ser capaces de entenderlos, de ponerles nombre y aprovechar estos conocimientos para gestionar y regular nuestra conducta y orientar nuestros pensamientos y acciones. Además de esto, la inteligencia emocional también consiste en ser capaces de exteriorizar estos conocimientos hacia otras personas, para entender las emociones de los demás y poder responder adecuadamente a esta información emocional y social: lo que se denomina empatía.

Las competencias emocionales a desarrollar y entrenar afectan tanto a lo intrapersonal (nosotros mismos) como lo interpersonal (relaciones con otros) y consisten tanto de habilidades de percepción como de aquellas que requieren acción.

El proceso de aprendizaje de la inteligencia emocional debería comenzar con nuestras propias emociones hasta ser capaces de percibir correctamente y comprender las de los demás, facilitando las habilidades sociales. Estas competencias a trabajar son:

La autoconciencia emocional: Trata de la capacidad de reconocer las propias emociones en el momento en el que las estás sintiendo. Ayuda mucho también saber nombrar estas emociones y diferenciarlas entre sí. Es un primer paso clave antes de poder avanzar con las demás destrezas. Trabajar esta competencia nos permitirá anticiparnos a nuestras emociones negativas y apaciguar sus efectos.

El autocontrol o regulación emocional: Esta habilidad trata de la correcta gestión de nuestras emociones. Es saber reaccionar correctamente ante una emoción concreta que estemos sintiendo. Esta competencia es posterior a la autoconciencia y nos ayudará a sobrellevar las emociones negativas como la tristeza, la ansiedad o el miedo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no se trata de reprimir ningún sentimiento, sino de regularlos, de mitigar sus efectos negativos e impedir que nos controlen o nos bloqueen.

La automotivación: Se trata de saber controlar adecuadamente cómo nos sentimos para impulsarnos e inspirarnos; de aprovechar y potenciar las emociones positivas, trabajando en nuestra autoestima y automotivación para mantener una actitud positiva.

La empatía y la destreza social: Significa reconocer y comprender las emociones ajenas, saber ponerse en el lugar del otro para entender cómo se siente, qué desea o qué necesita. Saber leer estas señales nos indicará cómo debemos interactuar con otras personas. Aquí entrarían todas esas habilidades socioemocionales que nos permiten manejar con efectividad las relaciones sociales. Estas destrezas son muy importantes para la comunicación y la expresión de los sentimientos, elemento clave para la creación artística y la creatividad.

Está demostrado que los problemas emocionales que persisten en el tiempo afectan a nuestra conducta y a nuestro rendimiento en todas las facetas de la vida. Si no sabemos procesar y gestionar correctamente nuestras emociones, pueden llegar a jugarnos una mala pasada, bloqueándonos y haciéndonos la vida más difícil. Es necesario entender nuestras emociones para poder comprendernos a nosotros mismos y ser capaces de ayudarnos.

La inteligencia emocional, además, se puede aprender y entrenar. Y una de las formas más interesantes de hacerlo es a través del desarrollo de la creatividad.

Sabemos que creatividad e inteligencia están íntimamente relacionadas, ya que la creatividad al fin y al cabo es una expresión de la propia inteligencia, encargada de facilitar la invención, la imaginación y la relación de diferentes ideas.

La creatividad, asimismo, también puede aprenderse y entrenarse. Este impulso creador nace de la necesidad del ser humano de ir más allá, de romper con lo establecido y desafiar los límites; de pensar de maneras nuevas y diferentes, de idear caminos nunca antes andados; de desafiar la realidad, de darle la vuelta, de permitirse el lujo de soñar una idea y buscar cómo hacerla posible.

Y, al contrario de lo que muchos creen, no se trata de una capacidad de solo unos pocos. Todos podemos entrenar nuestra creatividad, y si se nos entrena desde que somos pequeños, creceremos de la mano de esta habilidad, que nos abrirá infinitas puertas y posibilidades.

La inteligencia emocional y la empatía son vitales en este camino, pues al tratar de ponernos en la piel de otra persona y de entender lo que sienten, estamos haciendo inconscientemente un ejercicio de imaginación. Estamos imaginando nuevas perspectivas, sintiendo de maneras diferentes. Saber escuchar y estar abiertos a distintos puntos de vista también es algo que repercutirá en la creatividad y la posibilidad de ver las cosas de una manera nueva. Es por esto que la inteligencia emocional y la creatividad, que empatía y arte, van de la mano.

Educar en la creatividad es vital si queremos potenciar todas estas facetas que facilitarán nuestra vida personal y laboral. La persona no creativa solo podrá seguir unas pautas que ya le hayan dado con anterioridad, un camino ya decidido y andado. No podrá decidir su futuro por sí mismo, teniendo que conformarse con lo que hay y sin permitirse soñar. Una persona creativa sí tendrá la posibilidad de soñar nuevas rutas y objetivos.

El sistema educativo siempre ha relegado la imaginación y la creatividad a un segundo plano, cuando en realidad habría que potenciarlas. Uniendo las habilidades creativas a la inteligencia emocional, seremos capaces de idear nuevos caminos para llegar a nuestras metas, así como regular nuestras emociones para no perder la motivación.

En la educación para la inteligencia emocional y la creatividad es necesario trabajar la expresión de las emociones a través del arte: de la lectura, la escritura, el dibujo, la pintura, el teatro o la danza. Los juegos teatrales y la lectura son especialmente importantes, pues al fin y al cabo son ejercicios que trabajan la empatía, el ponernos en la piel de otro, de pensar y sentir como sentiría otro.

El juego teatral precisa que empaticemos y tratemos de comprender al personaje a interpretar antes de poder representarlo, además de ser necesaria la interacción con el resto de personajes y compañeros.

En la lectura, se conocen otras vidas que por un momento el lector hace también suyas. Este proceso ayuda a identificar y comprender mejor los sentimientos propios y los ajenos. También sirve para la liberación de ansiedades y miedos, como elemento de catarsis anímica. Los cuentos populares siempre han servido en este sentido a la liberación de los miedos y los fantasmas infantiles, exteriorizando los miedos, dándoles nombre y aprendiendo a controlarlos.

Las emociones, en fin, nos acompañan toda la vida. Es por esto que tenemos que aprender cuanto antes a saber gestionarlas y aprovecharlas. Creer que cuando demos el gran paso al mundo laboral debemos dejar de lado las emociones es un error catastrófico que no solo nos impedirá alcanzar el éxito, sino también la felicidad. La pasión o la motivación son emociones que hay que propulsar ya que nos llevan al deseo de ser mejores y a usar métodos más creativos. Por el contrario, el miedo, la vergüenza o la ansiedad nos perjudican y nos complican el camino, por lo que hay que saber entenderlos y dominarlos.

Para dar lo mejor de nosotros mismos debemos sentirnos emocionalmente involucrados con la tarea. Y este es un paso imprescindible en la creatividad, ya  que sin sentir pasión, nos detendremos ante los límites exigidos, sin deseos de ir más allá. La gente que se involucra completamente es la que consigue traspasar esos límites y alcanzar caminos y metas nuevas y exitosas.

Los desafíos del siglo XXI nos llaman a que ideemos nuevas formas de pensamiento, y en ese sentido es necesario empezar a ver la importancia de la creatividad y las emociones como elementos fundamentales para nuestro avance hacia la sociedad del conocimiento.