Resulta sorprendente la ausencia del reino de España en la normalización de la república de Cuba en esta década segunda del siglo XXI. Hasta los Estados Unidos de América se han puesto las pilas para recargar de energía las relaciones entre dos pueblos bañados parcialmente por el Caribe. De seguro que Ernesto Hemingway y Gregorio Fuentes se alegrarían de ello, ya fuera en Cayo Hueso (La Florida) o en Cojimar (provincia Habana). Lo importante son las relaciones humanas, como bien dijo a su hermano Wilhem el prusiano Alejandro de Humboldt, visitante significativo a Cuba y a los USA así como a Francia y a España, con su amigo el médico francés Aimé Bonpland. Pero nuestro gobierno, ni eso. Me bastó encender la televisión en estos días y observar a un Raúl Castro en París, abrigado por culpa del frío pero arropado por el presidente Hollande, para colegir que España está fuera de juego y constatar una vez más que la diplomacia española está out en un asunto trascendente como es la normalización democrática de la Cuba del siglo XXI. Quizás la Posición Común de la Unión Europea, planteada hace tiempo por el presidente Aznar respecto a Cuba, haya dejado un legado difícil de aceptar.

Los rencores no son buenos pero estas situaciones no son de extrañar por quienes hemos vivido durante décadas las relaciones entre Cuba y España, sobre todo después del verano de 2003, cuando se hizo famosa en la isla grande del Caribe la frase: LA CASA POR LA VENTANA. Se refería al cierre del Centro Cultural de España, en el Malecón habanero, el miércoles 20 de agosto de 2003, por mor de las desavenencias entre los gobiernos español y cubano, aunque en realidad eran por culpa de enfrentamientos político-personales entre los presidentes Fidel Castro Y José María Aznar. Quizás por ello  me resultan significativas las noticias de estos días que hacen alusión a la posición prevalente del gobierno francés sobre el español, a la hora de mediar con Cuba en la resolución de sus problemas, sociales y económicos. Creo que no sólo es debido a la inestabilidad política que atraviesa el gobierno español, es algo más. Es que no son capaces de construir los cimientos de un puente como lo han hecho en París y en La Habana. Desde Canarias podemos ayudarle a diseñar los estribos, para poder caminar en simbiosis a la hora de cooperar. Es cuestión de ingenio metafísico. La cubana Dulce María Loynaz me enseñó en 1992 a ver puentes desde los versos de su poesía, en particular uno que casi se ocultaba entre nubes hurañas, era un puente de amor que unía las dos orillas.