La permanentes actuaciones de las distintas autoridades monetarias están creando importantes distorsiones en los mercados financieros, no solo en los cambios cruzados entre las distintas divisas sino también sobre una variable que nos resulta mucho más cotidiana: los tipos de interés.

Y es que estas actuaciones situadas en la parte macro afectan decisivamente a la parte micro –recordemos que no podemos explicar la una sin la otra-, tanto desde el punto de vista del inversor como desde el punto de vista del prestatario.

Porque todos tenemos presente una definición básica sobre qué es el ‘tipo de interés’. Respectivamente, es el precio que recibo por prestar mi dinero durante un tiempo determinado, ya sea a una entidad financiera –una cuenta a la vista, o cuando formalizo un depósito a plazo- o cuando suscribo una emisión de títulos de renta fija, como letras o bonos del estado. Desde el otro lado, es el precio que pago a quien me adelanta en el tiempo una determinada cantidad de dinero a cambio de pagarle un precio de acuerdo al tiempo que dura la operación y a mi perfil de riesgo.

Intuitivamente, costaría encontrar una explicación coherente a la expresión ‘tipos de interés negativos’. Obviamente, no me van a pagar por prestarme el dinero; aunque sí voy a ‘pagar’ por prestar yo el mío. Aparente contradicción que tiene su lógica.

Desde el punto de vista del prestatario, no pueden darse tipos negativos, si bien es cierto que el nivel actual de tipos de interés ha abaratado considerablemente los costes de financiación, no solo a niveles soberanos y corporativos, sino también a empresas y familias. Aunque aún no conozco a nadie que me pague por prestarme su dinero.

Pero desde el lado del inversor, las cosas son diferentes. La recompensa por prestar mi dinero a un banco, o al estado comprando sus títulos de renta fija, es prácticamente nula. El los títulos a corto plazo es inexistente ya en la propia emisión. Una vez se estén negociando, el resultado puede ser incluso negativo.

Hace un par de años los títulos soberanos alemanes mostraban rentabilidades negativas. Los inversores estaban dispuestos a pagar al tesoro alemán por financiarle. Este aparente comportamiento irracional respondía a su impresión de que, al menos, su inversión estaba segura –tomando ese tipo negativo como prima de seguro-, y que si invertían euros recibirían euros al final de la inversión.

Hoy las razones son ligeramente distintas. Esas intervenciones de los bancos centrales comentadas al comienzo, unas expectativas de crecimiento deprimidas, y un renovado apetito por los activos más seguros –yo prefiero llamarlos ‘defensivos’- hace que el tipo de interés pueda llegar a ser cero o inferior a cero. Aquellos inversores con perfiles más conservadores están obligados por tanto a ampliar su abanico de opciones si quieren rentabilizar su cartera, incorporando activos con perfiles de riesgo más elevados. Quienes ya estaban invertidos habrán visto como sus inversiones se revalorizan, a costa de agotar su potencial.

Como siempre recordamos, diversificar nuestras carteras es la mejor estrategia.

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