DIARIO EL DÍA

Publicado 05/04/2014

Una de las consecuencias de la ya manida crisis financiera es el aumento del vocabulario financiero. Desde las controvertidas preferentes, pasando por las no tan conocidas obligaciones convertibles y necesariamente convertibles, a nuestra ya vieja amiga la prima de riesgo.

Y aunque ya se habla desde hace tiempo de ella, debemos irnos acostumbrarnos a un nuevo término económico: la deflación. Un nuevo concepto a añadir a nuestro creciente diccionario financiero, de devastadoras consecuencias para las economías.

Intuitivamente nos suena  a un fenómeno contrario a la inflación. Si ésta es la subida generalizada de los precios de un conjunto de bienes y servicios representativos del gasto familiar, la deflación es lo contrario. Si bien puede ser deseable un determinado nivel de inflación, es mejor que la deflación brille por su ausencia.

Porque, inexorablemente, ésta genera un círculo vicioso muy peligroso. Uno se puede preguntar por qué va a comprar algo si este algo estará más barato dentro de unos meses. Y llegado ese momento, por qué comprarlo entonces si un poco más adelante estará aún más barato. Este comportamiento tan racional retroalimenta la causa más habitual de la deflación: la ausencia de demanda.

Y las empresas, obligadas a vender cada vez más barato, tendrán que ir ajustando sus costes, entre ellos los salarios. Al final de este proceso, muchas empresas no consiguen superar esta situación y muchos trabajadores ven perder su puesto de trabajo. Al tiempo, el estado recauda menos por la caída generalizada de la actividad económica, y simultáneamente ve incrementados sus gastos asociados a la cobertura social. Todos perdemos.

En un entorno de elevado endeudamiento y déficits públicos estructurales, además de una insoportable presión fiscal, la política monetaria se erige casi como la única solución para sacarnos del atolladero. Esta semana, el BCE mantuvo los tipos oficiales al 0,25%, además de enviar un mensaje de estar en disposición de implementar medidas complementarias si fueran necesarias.

Aunque debemos recordar el caso de Japón. Tipos al cero por ciento más monetización de la deuda para reducir los tipos a largo plazo (política monetaria), deuda disparada para tratar de generar demanda a través políticas de ‘estímulo’ desde el presupuesto público (política fiscal), pero nulo efecto.

Desde el punto de vista financiero, también tiene terribles consecuencias. Aquéllos agentes endeudados sufrirán un doble efecto. Por un lado, ven incrementados el valor real de sus deudas; por otro, ven como el valor de las garantías aportadas para obtener ese endeudamiento se va reduciendo, por lo que pueden ser reclamados para aportar sucesivamente más garantías. Al final de este proceso, aumentan la morosidad, las quiebras y, además, se reduce drásticamente la oferta de crédito.

Como inversores, la posición más ventajosa es estar liquidez, o en títulos de renta fija de máxima calidad crediticia con cupones fijos. A largo plazo, la renta variable no parece una buena opción ya que muy pocas empresas podrán mantener sus márgenes, recorriendo el camino descrito más arriba.

Sin duda, un problema de difícil solución que merece especial atención.

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